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«Añil con menta»

Visió sobre la Kasbah de Rabat (Marroc). Text publicat en el llibre Las Legiones de Satán de David Garriga (Tyrannosaurus Books).


«Me acerqué a la florista del mercado atraída por unos radiantes tulipanes lilas. Pero a medio metro del puesto, mi atención se trasladó a un rinconcito de la parada donde había macetas con menta. Con disimulo, froté la mano extendida por encima de las hojas verdes y rugosas, y este simple gesto prendó totalmente mi palma de este aroma tan marroquí.

La florista, una mujer entrada en años, carnes y experiencias, sin la menor intención de incomodarme, me dijo con la gracia exclusiva de las vendedoras de barrio:

Niña, ¡que me estás achicando la planta! ¿Por qué no compras el tiesto y así tienes menta para tu cocina?

Así pues, fue cómo sustituí los preciosos tulipanes lilas por decenas de hojas de menta fresca.

De vuelta a casa, paseé, sin prisas. Como la maceta negra de plástico resbalaba, la sostuve con las dos manos a la altura de mi pecho, y a cada paso, la fragancia crecía, se multiplicaba y era más y más intensa.

No sé si por la embriaguez y la evocación de este aroma o por el deseo de aparcar mi rutina, empecé a teñir todos los edificios de mis calles de color añil.

Asombrada conmigo misma, me senté en un banco, al lado de dos abuelos que hablaban mal de sus yernos, y parpadeé con fuerza dos o tres veces con la falsa esperanza que todo había sido un espejismo. Pero al separar las pestañas, el azul añil perseverante con el mismo olor a menta de fondo continuaba estando allí. Ante tanta insistencia, no pude ni quise rehusar la invitación a esta cautivadora travesía.

Sin equipaje, ni aviones lowcost ni policías de aduanas que creen en la potencia seductora de su aburrido uniforme, bajé de un Petit Taxi Fiat azul-cielo cerca de Bab Oudaia, la puerta de la amurallada Kasbah de los Oudaias de Rabat. Con la única ambición de callejear sin un rumbo fijo crucé la entrada principal de esta parte más antigua de la ciudad. Los baluartes fortificados y almenados de la Kasbah se alzan prepotentes en lo alto de un risco ante la costa atlántica y delatan el pasado glorioso de los corsarios que durante siglos allí se atrincheraron. Tal fue el poder de la flota pirata que instaló su base en Rabat que el escritor inglés Daniel Defoe no lo pudo obviar y nombró la ciudad en Las aventuras de Robinson Crusoe.

Adentrarse en la Kasbah de los Oudaias es penetrar en una maraña de callejuelas sinuosas y encaramadas con un marcado acento andalusí. No es de extrañar porque Rabat fue uno de los mayores refugios de los moriscos expulsados de España. Sus casas pintadas de añil y blanco se confunden las unas con las otras, de la misma manera que los callejones son idénticos los unos a los otros. No es difícil entender por qué estas tapias enredadas son el mejor cómplice de alguien que escapa de algo. Además, el forastero recibe sutiles señales que en este pequeño pueblo blanquiazul dominan unas normas diferentes de las del resto de Rabat. Aquí, por ejemplo, el visitante puede perderse con calma sin que nadie le atosigue para guiarlo en el camino de vuelta; puede sentarse en el peldaño de una casa a aguardar que no suceda nada e incluso, puede observar el día a día cotidiano de una vendedora ambulante de menta sin que ésta intente venderle un manojo.

Me encaminé hacia el extremo sur de la fortaleza y, sin avisar, se abrió ante mí una sublime y entera panorámica de Rabat. Siempre he pensado que todas las ciudades, a lo lejos, se asemejan. Millares de edificios sobrepuestos los unos a los otros en los que hierven millones de historias singulares, íntimas y personales que comparten o luchan por un pedazo de asfalto. Pero en este caso, y será porque en los viajes, una siempre está más sensiblera, el horizonte de la ciudad desde la Kasbah de los Oudaias me pareció especialmente espectacular.

Avancé un poco más y llegué al Café del Moro. Me habían dicho que allí se sirve el mejor té con menta de todo Marruecos. Tengo que reconocer que el informante no podía ser muy objetivo ya que había trabajado en ese Café, pero sentada en una silla de almendral y con el vaso de té casi hirviendo en la mesa, pude comprobar que no había exagerado. No es que el té y la menta de la Kasbah de los Oudaias sean los más exquisitos, sino lo que les hace únicos es la sensacional vista con la que acompañas los sorbidos (ruidosos si no deseas abrasarte los labios). Desde el Café del Moro se sigue el curso del río Bou Regreg, la frontera natural entre Rabat y la ciudad vecina de Salé, y se divisa cómo desemboca, se funde y se ausenta en medio de las aguas del Océano Atlántico. Toda una exhibición de la naturaleza que alimenta el ánimo.

De repente, alguien se asomó y se coló en mi mundo. No quería escucharlo, pero ante su testarudez giré la cabeza. Era uno de los abuelos que entre críticas y vituperios dirigidos al marido de su hija me estaba diciendo que mi maceta de menta se había estampado contra el suelo. Quise responderle que no, que yo no tenía ningún tiesto, que lo que tenía entre mis manos era un vaso de té con menta y que me lo estaba tomando sosegadamente a orillas del río Bou Regreg. Quise añadir que era demasiado pronto para volver. Me faltaba mucho Rabat para conquistar fuera del reino de los Oudaias. Aún no me había mezclado entre el trasiego de la medina, ni me había hechizado la voz del almuecín, ni me había impresionado la colina inquietante del cementerio As-Shouhada, ni había saludado con respeto a la inconclusa Torre de Hassan. En definitiva, este breve paseo no había sido suficiente para atrapar el sinfín de rincones de Rabat que cobijan al viajero. Por tanto, ya tenía la excusa perfecta para reemprender la travesía en cualquier momento.

Agradecida al abuelo, recogí la maceta desparramada por el suelo. Entonces, las yemas de mis dedos desprendieron, más que nunca, aroma a tierra y hierba húmedas. Y así, con el olor a menta incrustado en mi nariz alcancé mi casa, mientras los edificios de las calles se iban destiñendo y perdiendo el precioso azul añil.»

Mertxe París

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